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VIOLENCIAS EN GUATEMALA, UNA MIRADA EUROCENTRISTA

Desde los pre-juicios a los pos-juicios. Una reflexión personal.

Los datos asustan. Guatemala en el ranquin de mayores feminicidios en el año. En los últimos 10 meses, 600 mujeres asesinadas.

Los datos siguen asustando.

Centroamérica, uno de los lugares menos seguros del mundo. Según el IPG (Índice de Paz Global) Guatemala ocupaba el puesto 111 de 163 para 2018. Lo cierto, cuando escuchamos destinos vacacionales, jamás escuché El Salvador, Honduras o Guatemala... Pocas fueron las personas que me animaron a vivir esta experiencia. Muchas, las que me advertían de los peligros y me decían ‘yo no iría’, ‘¡qué Valiente!’, ‘¿te lo has pensado bien?’ Eso, más las recomendaciones del Ministerio de Exteriores acabaron de pulir mi estado de alerta y mi percepción de peligrosidad extrema.

Al llegar, no existía ruido que no me acelerase el corazón, me produjera sudores fríos y me hiciera sentir la próxima víctima. Más tarde, descubrí que, en países como Guatemala, en las zonas rurales hay gallinas, perros y gatos (sin correas ni dueños o dueñas) por doquier. También descubrí que las “bombas” son habituales (nosotros/as las llamamos ‘petardos’) y las lanzan para festejar aniversarios de escuelas, graduaciones, fiestas Populares, victorias futbolísticas..., ¡vaya! ¡como nosotras! Descubrí, además, que los espacios de mayor peligrosidad muchas veces se concentran en la capital y/o no afectan a las personas extranjeras, ya que solemos pagar por transportes más seguros, visitamos zonas turísticas y tenemos un halo de protección muchas veces solo por el hecho de ser turistas y notarse visualmente.

Volviendo a mi percepción de inseguridad extrema, mi estado de alerta 24/7 me costó unos días de enfermedad. Después, tras recuperarme, llegó la calma. Quizás hasta cierto punto, una ‘sobre-calma’. Un día a las 6 am llegaron dos furgones de policía a la casa donde estaba acogida y tras unas horas revisando la casa, se llevaron detenido al padre de la familia, acusado de violación de varias menores. Y, entonces, calma. Muchos sentimientos encontrados, pero no de inseguridad. Quizás injusticia, indignación, ofensa, tristeza, impotencia, pero no inseguridad. Después de todo, era consciente de la situación del país y, más allá de mi juicio, ese hecho, en este país, había probabilidad alta de que pudiera pasar. Y pasó.

Como personas blancas, europeas, de clase media y estudiantes de máster, me creía con el derecho a verlo desde mi posición privilegiada. Ajena a la realidad. Y, los proyectos sobre violencia de género me parecían super necesarios y primordiales: “deben saber que... que las maltraten o abusen de ellas sexualmente está mal”, “deben aprender y saber que tienen que denunciar”. Bravo. Grandísimo Error. Solo hacer memoria de mi soberbia ya me avergüenza.

Lo saben. Toda persona siente y sabe que la están tratando mal cuando le pegan o le insultan. Les duele. No hay nada que deban aprender en ese sentido. Estos tipos de violencia los identifican. Lo que muchas no sabían era que tenían derechos por SER. Solo por el hecho de ser persona. Tampoco que tenían derechos específicos por ser mujeres. Ni todas las instituciones que las amparan y protegen. No sabían que no estaban solas.

Y no, denunciar no es tan fácil.

La situación es muy compleja. En la realidad de las mujeres indígenas de áreas rurales (la realidad que experimenté) se vive una fuerte dependencia económica del marido, a lo que se suma un miedo mayor si hay hijos/as del matrimonio. Además, se las culpa de querer crear conflicto familiar si deciden denunciar. Además, sufren el rechazo familiar y son señaladas por la comunidad. Además, pueden ser víctimas de mayor violencia si su marido se entera de que acude a denunciar o a buscar ayuda. Además, la denuncia solo es el primer paso, tras la denuncia se inicia todo un proceso judicial en el que viven las violencias simbólicas e institucionales, momentos en los que se las revictimiza y viven una discriminación interseccional.

Además de mujeres, ellas son rurales. E indígenas. La violencia contra ellas se da desde la esfera privada hasta la pública, ya desde su nacimiento y las va acompañando continuamente a lo largo de su vida. Receta sazonada con un juego de fuerzas políticas en todos los niveles, des de lo comunitario a lo estatal.

Alejándonos de lo micro a lo macro, adquiriendo perspectiva y mirando todas las piezas del puzle, podemos apreciar la complejidad de los contextos que someten a estas mujeres a todo tipo de violencias y discriminaciones. El patriarcado extiende sus tentáculos desde la política, la religión, la familia, la presión social, la cultura... Desde lo más visual hasta lo que pasa desapercibido. Desde que las mujeres llevan el traje típico desde su niñez (con las dificultades para jugar que los varones no sufren), hasta que en las audiencias por casos de violencia de género no se ofrecen traductores/as en el primer idioma de las denunciantes (cuentan con 22 lenguas mayas, 1 garífona y 1 xinca, su lengua materna no suele ser el español, sino que este es aprendido en las escuelas y en las Instituciones). Eso sí, únicamente jueces hombres con nula formación en violencia de género.

Otro prejuicio fue pensar que, en aquellas personas con estudios superiores, ese patriarcado no llegaba. Error. Llega, se desliza por los rotos de la voluntad de cambio y se instala. Mujeres con estudios que se casan a edades tempranas, tienen hijos/as y reproducen comportamientos machistas (como servir a sus hermanos o dedicarse a las tareas de cuido).

Sin embargo, los proyectos de la cooperación se centran básicamente en fomentar la formación conceptual de “qué es la violencia de género” e intenta crear espacios para las mujeres en organizaciones ocupadas históricamente por hombres, cuando estas mujeres (igual que muchas) han sido educadas para el silencio y la discreción. Cuando piensan que por no saber leer o escribir, su opinión no vale. Cuando por no hablar castellano, prefieren no dar a conocer su opinión. Y, pues, ¿cómo trabajar únicamente los conceptos si no se fomenta una autoestima suficiente para que las mujeres en Guatemala (y a nivel global) comprendan su valía? ¿den validez a su palabra y a sus opiniones? ¿Ocupen simbólicamente espacios con su voz? ¿con su enfado?

Si bien la parte cognitiva es clave, no podemos caer en el error de olvidar la sentimental y emocional. Por ello, el ‘empoderamiento’ debe enfocarse no solo en el aprendizaje conceptual sino también en el emocional, dónde la autoestima se muestra como los cimientos: el amor propio de toda mujer para consigo misma. Y para el resto de mujeres.

Tras la experiencia, regreso dudando de si mi paso por allí les ha podido servir de algo, pero segura de que su paso por mi vida a mí me ha enriquecido infinitamente. Si de algo ayuda convivir con esas realidades, es para desprendernos de todo lo que creemos: prejuicios, complejo de personas blancas salvadoras y dejar de suponer que sabemos lo que necesitan. Parar. Observar. Callar. Comprender. Escuchar. Soltar todo y empezar. Conversar con las mujeres que viven esa realidad, pasar tiempo con ellas, colaborar en la creación de espacios cómodos dónde no sólo sepan que tienen derecho a expresarse, sino también que sientan que tienen espacios seguros y cómodos dónde serán escuchadas y respetadas.

Dónde todo lo que digan tendrá valor para quienes las escuchan. Dónde ellas son el centro.

Artículo de Andrea Jiménez.

Técnica de Cooperación al Desarrollo.

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